Tras las paredes púrpuras
de un retazo de cielo casi anochecido
besaré tu sombra rondando mi espalda
como la profunda viscosidad de un Blues
seduciendo inevitable a una guitarra
que solo sabe llorar horizontes en La menor
porfiada e insistente en ese grito bajito
que mezcla los acordes con tu voz
hasta amanecer en los labios indicados
entre partituras de la Nada
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