Nacen edificios a la mañana
de donde hasta hace un rato había solo
oscuridad
las calles enrollan sus vestiduras nocturnas
para cubrirse de los frescos cánticos del alba
mis ojos: perros cansados
se recuestan en un rincón inocuo
ajeno a la corrupción de los colores
a salvo de cualquier posible magia
el día crece robusto, iluminado
tanto, que el cálido sol de octubre
se escucha hacer fricción al arrastrarse por el
cielo
mis dedos
mercenarios de luz
reniegan de mi cuerpo y corren
-entre la ansiedad y la desolación-
a lamer cualquier imagen suya, cualquier
indicio de su presencia
una pizca de brisa, la más mínima de sus sobras
vuelven
temblando a mi resguardo, abatidos, llorando uñas
a camuflarse en mi desilusión
pronto caerá la noche
y el frío clavará su rostro en algún recuerdo
que se quede ahí
que no se subleve, que no se empeñe en volverla
real
pronto caerá la noche
y mis ojos volverán a aullarle a su luna
la soledad, a morder mis rodillas
y mi tristeza a envolverme en ese algo... esa
única cosa
en la que me acostumbré a estar
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