Es extraño, o quizás no...
Hace poco más de un año
tuve el raro privilegio de visitar
Las catacumbas de París
Y el hecho artístico y ornamental
en que se busca presentar
tan prolijamente a la muerte
pronto se volvió desesperación
Afuera eran algo así como las 6
el día estaba un tanto gris
y una llovizna tenue se deslizaba por la tarde
La avenida regalaba un París
bastante parecido a una postal
La fila avanzaba
rígida y lenta
Tras pagar (como todo en este mundo)
bajé por una estrecha escalera
donde el Audio de un dispositivo
(que por supuesto también alquilé)
me hablaba en castellano de Castilla
del orden catalogado de mi lugubre recorrido
Me adelanté a un grupo de asistentes
Coincidió que puede alejarme además
de otras personas que estaban delante mío
y me quedé
perturbadoramente aislado
en ese mar de difuntos
Los esqueletos acomodados
los huesos estivados
las pilas de fémures y calaveras
como dispuestas a una función
De pronto estuve solo
De pronto las pestes tuvieron fecha
De pronto se evidenciaron los rostros
las caricias
los seres detrás de los sucesos y los esbozos
El moho, el encierro
la noche que caía más rápido
adentro de los pasillos de la catacumba
que de lo que caía en el exterior
Miles de personas
limpias de alma y de carne y de cementerio
exautas de morir todos los días
para los turistas
1700 metros de eternidades viciadas
de esperas buscando descanso y paraíso
de ese sopor que te avisa que hay un momento
en el que - en el mejor de los casos -
también terminarás exhibido
Y es tan parecida la sensación
- a su distancia -
a esta pandemia que hoy nos estremece
a este Montevideo que me agobia
como me agobió aquella turbulencia
a la salida de aquel recorrido
El aire falta de la misma manera
La desesperanza se parece demasiado
a la misma cuerda gruesa
La misma desorientación
como cuando
tras subir una nueva asfixiante escalera interminable
volví aquella noche
a los brazos de un París
ubicado cómodamente en un opulento 2019
y que hoy - aún vivo -
revivo
escuchando a Debussy
martes, 31 de marzo de 2020
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