La sangre de un semáforo
sorprendió a la vereda
que no dudo ni un segundo
en chusmearle el hecho a las calles cercanas,
que ya bostezaban sus bocas de tormenta
sin esperar semejante pasajero:
manjar a sus desagües
Y no se supo muy bien, a la verdad,
¡qué tonalidad le picó!
simplemente y de repente: sangró
con la viscosidad propia de un amarillo suculento
con leves matices de verde
y un rojo de oferta (pero compadrón)
Se coló un azul, que nadie sabe de dónde salió,
pero fue tan poquito,
que no se puede decir que haya incidido
Lo importante fue que sangró
el semáforo ¡ sangró!
Y una suerte de alegría confiscó a casi todo
(al asfalto, la baldosa, el cordón)
Las suelas de los transeúntes se manchaban,
y se quejaban, sonreían, corrían
saliendo a lo loco a saltar las suelas
sin importar quien las llevase puestas
Fue grande el trastoque que sufrió el paisaje,
el frío se detuvo, como el tránsito
y los conductores no podían
arrancar los arco iris de los neumáticos
como para poder avanzar
Un instante
en que una cuadra de la ciudad se hizo postal
Un raro escenario
extraña función, más bien disfuncional
Hasta que llegó la cuadrilla
a reparar el desperfecto,
y los ojos del semáforo dejaron de zigzaguear poniéndose a ladrar colores serios,
en tonos adecuados y con estándares básicos de utilidad
Se sacudió el reloj la humedad del momento
y siguió con su paso monótono y marcial
Se restauró el flujo de la circulación
con total corrección,
y la normalidad volvió a reinar
(desde su gris institucional)
Todo comenzó a andar,
y ya ni la vereda se acordaba
del alma derramada de aquel semáforo
que volvía a su mecanismo secuencial
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